Helen

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Una taza de café, la mesa de siempre en la esquina de aquella cafetería en alguna calle de aquella ciudad, el libro que nunca termina de leer y las gotas de lluvia amenizando la tarde ya de por si gris. Mientras la mayoría parece querer huir a algún rincón donde brille el sol, ella esta cómoda allí, de hecho, nada podría estar mejor. Su semana está justo en el medio del caos y la perfección, en su punto predilecto, sin mucho porque preocuparse y sin mucho que le quite el aliento. Helen es una mujer que odia los extremos y las emociones estridentes, ella es como esos días frescos, con un poco de sol, con un poco de viento, de aquellos que a todos nos hace bien.
No es de muchos amigos, siempre se le ve sola en aquella mesa, perdida en sus lecturas y en cada sorbo de su amargo café, pasa desapercibida entre aquellos que entran y salen, entre los que se ríen, conversan, se besan; es como un punto ciego del que nadie se percata y por eso es su lugar predilecto. Sé que se incomoda cada vez que la miro, a diferencia de todas las chicas que hay en el lugar ella odia la atención. La hace sentir encerrada y acosada, por lo que ante cualquier gota de esta, se para y huye. Yo no quiero que huya, no quiero que se pierda en la multitud de nuevo. Escondo mi vista en el libro que tengo en mis manos y que al parecer no leeré, la acompaño en cada sorbo de café y justo cuando cierra los ojos para beberlo yo la miro de la manera más fugaz posible ¡cielos! Helen me deleita más que el sabor de este café. Y es que hay algo en ella que me atrapa, un misterio dentro de su ser simple y descuidado. La miro y siento que hay otro mundo justo en su interior y yo muero por orbitarlo, pero es Helen, la chica rara a la que todos ignoran, esa que pone a su alrededor una capa de hostilidad e invisibilidad para que nadie sepa que existe, por eso me encanta. ¿Qué tendrá para esconder en su interior? Solo una persona que guarda los más profundos secretos del universo puede refugiarse en si misma de una manera tan intensa en inexplicable. Siento que acceder a ella es abrir una puerta que te lleva a descubrir lo que este esconde, siento que mirarla y deleitarme con la manera en que frunce los labios cuando bebe café es una cosa de dioses, la llave de acceso al olimpo.
Soy dos personas totalmente diferentes, soy una afuera de este lugar y otra cuando estoy dentro mirándola desde esta silla. La piel se me eriza y las mariposas en el estómago empiezan a descender a lugares prohibidos. ¡Dios Helen, Me gustas tanto! Aun así mi coraje se limita en mirarla desde lejos y desearla desde siempre, en las noches frías cuando la soledad es apremiante y puedo pensar en ella, solo en ella. Nadie lo sabe, ni siquiera podrían imaginarlo, es mi secreto y sé que en el fondo ella lo sabe… es nuestro secreto.
Toma el ultimo sorbo de café y descruza sus piernas, esas son sus señales para marcharse y yo me apuro a hacer lo mismo, no por seguirla sino porque ella es la única razón por la cual estoy allí los jueves y sin ella el café ya no sabe más. Caminamos a la caja paralelamente y justo cuando acortamos distancia un grupo de jóvenes que acaba de entrar pasa por el medio y la pierdo de nuevo, en la procesión mi celular suena, me distraigo por un momento buscándolo, sigo dando pasos inertes, de repente siento un roce en mi piel que me remueve cada vello de mi piel y hace que las mariposas que ahora están en medio de mis piernas revoloteen sin piedad. El corazón no para de latir cada vez más fuerte y siento una llama recorrer cada rincón de mi cuerpo. Es Helen que como quien no quiere la cosa, con esa frialdad propia de ella, pasa su mano por debajo de mi falda, me roza sutilmente por tan solo un segundo. No sé si fue accidental o si después de tantos jueves de acompañarla desde lejos se enteró que mi deseo le pertenece a ella y solo a ella. La miro y no encuentro su mirada, ella sigue su camino a la caja como si nada, mi mundo se detuvo y el de ella parece girar como siempre. Mi teléfono suena por segunda vez y me trae de vuelta al suelo, es Thomas mi prometido, de repente vuelvo a sentir el frió del anillo en mi mano, le contestó y mientras él habla yo la miro a ella atravesar la puerta de cristal y justo cuando se cierra, en ese momento en el que creo que la perdí una vez más, ella me mira, yo olvido al hombre detrás del teléfono, ella me sonríe y se marcha. Fue entonces que su deseo también me pertenecía

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