Arrullo de estrellas

La noche llega y la obscuridad me abraza, siento la soledad, siento la añoranza,

Ese suplicio eterno de las almas que anhelan encontrar en el camino a su parte gemela.

No llega sola, una a una se pintan como una obra de arte un arrullo de estrellas,

Las contemplo y admiro la intensidad de su ser,

Como envuelven la noche en su cálido arder.

De repente las veo susurrar entre si aquel secreto que un primero de abril,

Brotó de tu boca inaudiblemente entre llantos y risas desde un lugar de Madrid

Las miro suplicantes y clamo al cielo que sea revelado a mi tal secreto,

Se esconden una a una como si fuesen mudas,

Pero la luna que todo lo ve acude a mi ayuda.

En el agua clara de aquel riachuelo se ve su silueta sumergirse de lleno

Y en aquellas aguas con canticos declara

Lo que aquella alma en pena dijo en distancias llanas.

Vuelve al cielo grandiosa y sabia,

Yo me acurruco con el corazón en llamas

A  buscar en aquellas aguas las penas de tu alma.

En el fondo muy hondo cuando el aire me falta veo tu silueta que en la inmensidad me exalta.

Me acerco con cautela y cuando creo alcanzarte la corriente me arrastra hasta ya no poder mirarte,

Oscurece lentamente mientras escucho un latido, es la luna que me dice

“no te tardes vida mía, que esperarte ha dolido”

Mientras se oculta el sol

Bello atardecer en la playa

Heme aquí, observando al sol perderse entre el cielo teñido de naranja y el azul profundo del mar. No puedo dejar de pensar en ella, tantas cosas, tantos años, tanto camino recorrido para al final enterarnos de que no nos correspondía estar juntos, que solo fuimos una equivocación, un error en esto que llamamos destino. Me aferre con el alma a ella porque sabía bien que nuestro final sería este, pero nada perdía con soñar. Ella tan suya, tan libre, tan loca y liberal y yo tan perdido, tan estricto, tan necio, tan encerrado en mi diminuto mundo… tan ciego; tan ciego que no pude verla, que no supe apreciar esos hoyuelos que se forman en la comisura de sus labios cuando sonríe, o como cierra los ojos placenteramente mientras toma el primer sorbo de café en las mañanas. Me negué a ver esos pequeños detalles que la hacen tan ella, esos que sin darme cuenta me hicieron amarla. En cambio, solo tuve ojos para ver lo obvio, lo que parece importante en el momento pero que en realidad no lo es. Vi sus defectos, su debilidad, sus falencias y tropiezos y como si fuera poco lo utilice de excusa para no estar con ella ¡que tonto soy! Como si ese amor lleno de fuego proveniente de ella fuera de esos que se reemplaza por otro como si nada, no, no, no, esa clase de amor que una mujer como ella brinda, es de esos que solo pocos afortunados tienen el placer de recibir y que no pasa sino una sola vez en la vida. Tuve mi oportunidad y como todo en esta vida, tuvo su fin.
Pienso en ella como en este atardecer en la playa, un regalo de Dios, de la vida, que no me pertenece, que no controlo y que es efímero y al final solo queda cerrar los ojos, recordarlo y agradecer por tan magnífica obra de arte. Igual con ella.
Ya pasó un año desde que aquí en esta misma playa observando otro atardecer de tantos, le dije adiós. La había visto llorar tantas veces y muchas de ellas tan solo la ignoré o la reproché por hacerlo. Pero en aquel momento sentí cada lágrima como una puñalada en alma, sentía su dolor y me quemaba por dentro. Era yo quien quien la había citado allí y quien había pronunciado esas palabras que hoy quisiera nunca haber pronunciado, me sentía envalentonado, decidido e inmune a extrañarla. ¡Dios! Que equivocado estaba. El dolor en sus ojos era más ardiente que aquel sol que se perdía en el mar y cuando ya no quedaba nada de él y en su lugar la oscuridad cobraba vida me miro, me beso sutilmente en los labios y me dijo adiós, se paró y ya no volteó a verme más, solo la recuerdo marcharse obligando a sus pies a seguir el camino y no volver a mí. Ese recuerdo me acompaña desde entonces todas las noches al cerrar los ojos. Ella era única, era especial, ella me amaba y yo la había dejado ir.
Intenté encontrar el calor de su abrazo en otros brazos, lo intenté una y otra vez. Busqué su mirada profunda en otros ojos, sus besos intensos en otros labios, su amor en otro cuerpo y siempre fallé en el intento. Nada se le comparaba, siempre quedaba en mí un sinsabor lleno de dolor y desconsuelo. ¿Y ella? Bueno, aun sabiendo que merecía más, mucho más de lo que yo le daba, aun cuando habían hombres que deseaban amarla y ser para ella lo que ella fue para mí, prefería seguir sumergida en la soledad y atada a mi recuerdo; aun cuando yo le hacía espacio en mi cama y en mi vida a otras mujeres, ella me esperaba en silencio, me seguía amando y yo de necio hacia como si no lo supiera, como si no me importara. Hoy sé que no es nuestro destino estar juntos pero, ¿qué tan malo habría sido amarnos unas horas más?
El sol se pierde cada vez más detrás del mar, y como aquella vez hace un año, sé que se marchará cuando la noche haga su aparición. Quisiera pactar con el sol un trato en el que se detenga allí por un instante mientras yo la amo una eternidad. La miro y me sonríe, sigue siendo ella pero sin el dolor en sus ojos, sin la súplica tacita de que no deje de amarla. Es la misma niña llena de vida y luz que fue antes de mí, esa que me cautivo desde el primer instante en el que la vi sonreír y como sucedió aquella vez mi corazón es de ella, aunque bueno, nunca ha dejado de serlo.
Pero así como la vida me concedió a mí un amor tan puro y extraordinario a través de su ser, también se lo concedió a ella y no era para menos, se lo merece. Ella que jamás intentó buscarme en alguien más, quien espero con paciencia y le permitió al tiempo hacer de las suyas; ella que tejió sola sus heridas y buscó en si misma el consuelo a el dolor que yo le causé, ahora es amada y feliz. Veo en sus ojos ese brillo con el que me miraba antes, solo que más intenso; su sonrisa me dice sin piedad que su causa ya no soy yo y transpira un aire de tranquilidad y paz que anhelo encontrar. Sé que no la encontraré de nuevo ni en otro cuerpo, ni en otro tiempo, pero me conformo con dejar de lamentarme por lo que fue, por lo que dejé de hacer y aceptar un amor diferente y amar de vuelta.
El naranja rojizo que  teñía el cielo se torna cada vez más oscuro, nos quedamos en silencio durante un instante mientras nos dejamos arrullar por el sonido de las olas, de repente siento su mano sobre la mía “es hora” me dice. Nos paramos, la abrazo tan fuerte como ella a mí y deseo que el tiempo se pare, pero en cambio, siento como va aflojando sus brazos lentamente y el calor de su cuerpo se va alejando de mí, antes de soltarnos me susurra al oído “siempre serás mi gran amor”, se lo que eso significa, sé que seré ese amor que la marcó para bien y para mal, ese que recordará siempre pero significa también que no soy, ni seré el amor de su vida, ese que sobrepasa todos los niveles y que se queda para siempre, tal vez ese mismo que ya encontró en otro hombre y que quisiera ser yo. Nos miramos por última vez, me sonríe y antes de darse vuelta me dice con un aire de complicidad “hasta pronto” pero yo sé que en realidad esta será la última vez que la vea, al menos así de esta manera tan nuestra y sé que ella también lo sabe. Se aleja y esta vez sin obligar sus pasos, con determinación fluye con el viento mientras la pierdo de vista. La escena es casi la misma de hace un año, con la diferencia de que esta vez, las lágrimas ruedan sobre mis mejillas y no sobre las de ella.

 

Para ti

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Es la segunda carta que te escribo, solo que para esta vez soy más consciente de que eres real, que estas en algún lugar del mundo y que nuestro encuentro es inevitable.

Tal vez las demás personas no lo entienden o me llamen ilusa, pero yo creo en esto, creo en dos almas que vienen buscándose desde vidas pasadas, unidas por un vínculo que trasciende el tiempo y el espacio, yo creo en lo mágico del universo, el destino y la vida.

No te buscaré, con paciencia comprendí que el universo trazará los caminos y moverá los hilos para llevarnos a ese punto donde todo comenzará, en el cual nuestros caminos se vuelven uno solo. No te mentiré, sueño con eso, porque desde ya te extraño, desde ya te anhelo.

No, no se trata del capricho de una mujer por tener un novio o una compañía, mucho menos se trata del afán por vivir un cliché. A mi corazón no lo mueve la idea de tener una pareja, o de enamorarme de alguien, a él lo mueves tú, mis ganas de entrelazar mi mano con la tuya y ver como encajan perfectamente y caminar a tu lado con la certeza de que no hay nadie más en el mundo para mí que tú. Sé que no sucederá aun y está bien, esperare el tiempo que sea necesario porque sé que vale la pena más que nada en el mundo. Mientras tanto iré aprendiendo de las lecciones que la vida me pondrá antes de tu llegada, esas que me moldearan para encajar contigo. Talvez me enamoraré de alguien más, aprenderé esas cosas del amor que harán a mi corazón el lugar perfecto para tu estancia en él, y al final como ha pasado hasta ahora, soltaré, dejaré ir y seguiré dando pasos que sin saberlo acortarán la distancia entre tú y yo.

Me motivas a crecer en todos los planos, me haces querer ser mejor persona, aquella que merezca el amor que tienes para dar. Quiero que me mires con la certeza de que estás en tu hogar, que perteneces a mi abrazo y que es allí donde quieres permanecer.

Confió en la nobleza de tu corazón, en tu sencillez, tu generosidad y consideración con los demás, en la madurez con la que observas el mundo y ese sentido del humor con el que llenas de alegría tu entorno, porque sé que ya nos conocemos, que hemos coincidido desde siempre y que también soy todo lo que anhelas.

Que Dios bendiga nuestros pasos y todo aquello que propicie nuestro encuentro.