Querida novia de mi ex, esta carta es para ti

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Hola, sé que no nos conocemos formalmente, pero seguramente sabes de mi como yo de ti. Sé que sabes cosas de mi vida que alguna vez le confíe a él y que habrán salido en una conversación casual, sé que me has visto en la calle o tal vez por fotos y que quizá, como nos ha pasado a todas en algún momento, te sentiste insegura sobre mí. No sé qué te ha contado él, tal vez todas mis fallas y defectos o lo que le molestaba de mí y no lo culpo, creo que todos adquirimos ese mal habito de contar siempre lo malo de nuestras relaciones pasadas, de hablar únicamente de lo que nos dolió, lo que nos marcó, lo que nos defraudó, tal vez por miedo a evocar la melancolía al contar lo que nos gustó, lo que nos hizo sonreír, lo que nos enamoró… pero esta carta no se trata de eso.

Quiero que sepas que aunque no te conozco, te respeto y te doy el valor que te mereces porque más allá de ser la nueva pareja de mi exnovio, eres mujer y estamos del mismo lado. No te odio, no tengo porqué, desde hace mucho tiempo arranqué de mi cabeza esa idea errónea de que hay que odiar, denigrar o insultar a una mujer que ni siquiera bien conozco solo por el hecho de formar parte de la vida de un hombre a la cual yo ya no pertenezco, eso es una cuestión del ego, un acto envidioso y egoísta y no es así como quiero percibir el mundo.

Para empezar, si él te eligió a ti bajo los mismos criterios con los que alguna vez me eligió a mi entonces sin duda alguna escogió a una gran mujer, estoy segura de lo valiosa que eres y que él (o cualquier hombre) encontrará en ti un tesoro y de corazón espero que tú también lo sepas.

No esperes que hable mal de él o que te prevenga de las cosas que a mí me afectaron. Pretender que la historia de ustedes sea igual a la que hubo entre nosotros es absurdo, todas las experiencias son diferentes así como también lo somos los unos de los otros. Su misión en tu vida es diferente a la que tuvo en la mía, quizás tu explotes en él cualidades que yo ni percibí, han pasado los años y con ellos aprendemos a amar diferente, tal vez el vea en ti una oportunidad de amar con más madurez, o quizás no… eso lo descubrirás en el camino.

Por mi parte, deseo que te quiera, que te valore, que se sienta afortunado de tenerte a su lado y te del lugar que te mereces; de corazón espero que te aliente, te apoye y este a tu lado cuando más lo necesites; deseo que contribuya a tu felicidad, que te haga reír, que se sienta orgulloso de tus logros y te de una voz de aliento en los fracasos, espero que aporte a tu vida cosas positivas y mucho aprendizaje; que siempre te sume y que nunca te reste; que respete tu libertad y jamás quiera modificar tu esencia; que el tiempo que estén destinados a estar en la vida del otro sea constructivo y feliz porque eso es lo que mereces tú y lo que merecemos todos y cada uno de nosotros. Pero déjame decirte una última cosa, si no te da eso, si te da menos de lo mereces, si sencillamente te resta felicidad, ten el coraje y la fuerza para alejarte y seguir tu camino, te prometo que vas a estar bien.

No siendo más me despido, no sin antes pedirte una única cosa: Siempre dirígete a las demás mujeres con el mismo valor y respeto con el que hoy me dirijo yo a ti, que lo que vivas con un hombre jamás te lleve a odiar, insultar o denigrar a ninguna mujer porque ningún hombre que te ponga en esa situación lo merece. Antes que nada amémonos, cuidémonos y respetémonos entre nosotras, porque lo valemos y lo merecemos.

Adiós bonita y que la vida siempre te sonría.

Le hablé a Dios de ti

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Anoche conversé con Dios. Le hablé de ti, le conté sobre lo mucho que te quiero, me dijo que ya lo sabía. Le deje explorar mi mente para que te viera como te veo yo; para que viera con sus propios ojos esos recuerdos que se pasean en mi mente a cada segundo, Él sonrió mientras yo lloré.

Hablamos del pasado, el presente y el futuro. Me dejó acomodar mi cabeza en su hombro mientras sobaba mi cabello y me explicaba con dulzura eso que la vida tantas veces me ha dicho y yo no he querido entender. Le pregunté si aquella historia del hilo rojo que unía dos almas era verdad, me contestó que ese tal hilo rojo se llamaba voluntad y entendí todo mejor, pero aun así dolió.

Le pregunté por ti, por tu camino, por lo que sientes, por lo que vives; le pregunté si me quisiste, si aún me querías, se me quedó viendo a los ojos mientras guardaba silencio, sentí miedo de su respuesta. Lo pensó un poco más y de dijo” ¿sentiste, en el fondo de tu ser, que te quería?” Pensé en lo bueno y en lo malo y le dije que a veces sí y a veces no, me dijo “Pues unas veces te quiso con más intensidad que otras, pero te quiso todo el tiempo” sentí alivio. Aclamé por la segunda respuesta, esta vez apartó la mirada y me explicó que el amor funciona distinto para todos, te acusé diciéndole lo poco que hiciste porque lo nuestro funcionara, luego me preguntó en un tono sentenciador ¿y tú has hecho algo por hacer que funcione? Quedé atónita, creo que nunca me detuve a pensarlo. Me explicó que el error de nosotros los seres humanos es que analizamos el amor desde nuestra zona de confort, a nuestra conveniencia, vemos lo que nos falta a nosotros, de si nos sentimos lo suficientemente amados pero no nos detenemos a pensar en si a la otra persona también le falta algo, o si también se siente amada. Me hizo entender como convertimos un sentimiento tan puro en algo tan terrenal y egoísta, en como confundimos el amor con el apego, como nos pasamos culpando al otro cuando a veces ni siquiera existe un culpable.

Hablamos por unas horas más, le pedí con insistencia que retirara de mi todo lo que siento por ti, que hiciera más fácil mi camino, se rió a carcajadas y me dijo que la vida no era un partido de ajedrez donde Él era el jugador y nosotros las fichas. Él nos deja decidir, pensar y actuar con libertad, nos deja aprender lo que vinimos a aprender y vivir lo que vinimos a vivir, “es tu decisión que hacer con lo que sientes, de modo que no busques la respuesta en mí, porque esta es en ti”. Después de todo entendí que no hay decisiones equivocadas, que siempre podemos cambiar de ruta cuando sintamos que no pertenecemos al lugar en donde estamos.

Finalmente miró la hora y se despidió, tenía amaneceres por pintar y estrellas por colocar, lo abracé, le agradecí y vi cómo se esfumaba por la ventana.

Anoche conversé con Dios, del amor, de la vida, de ti.

 

EN LA VIEJA BANCA DE UNA ESTACIÓN DE TREN

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Sigo sentada en esta banca solitaria de la estación de tren donde alguna vez te vi partir, estoy aquí con mi equipaje sobre la banca guardándote un espacio junto a mí. Tengo en mi bolsillo dos tiquetes de tren y en mis ojos la esperanza de verte llegar por la puerta dorada de aquella fría estación, siento que llevo aquí sentada horas, días, meses, incluso años. Tantos trenes han parado y emprendido la marcha, tantas personas que han ido y venido, tantas cosas que tan solo dejé pasar, que vi de lejos mientras te esperaba, tantos viajes a lugares desconocidos que perdí, y tantas conversaciones con compañeros de vagón que nunca sucedieron y que no sucederán mientras siga aquí en esta banca maltrecha esperando por ti. Me has escrito decenas de mensajes diciéndome que ya  vienes en camino; que te detuviste a conversar con una extraña; que mejor ya no vienes; que cambiaste de opinión y que mejor si te espere; que llegarás pero no sabes cuándo; que es mejor que me vaya sola; que no me mueva porque aun esperas llegar; que me vaya sola y luego me alcanzas; que no deje este asiento y yo solo me quedo aquí quieta porque vivo con el temor de que llegues y yo no esté.

¿Hace frío, sabes? Solo me cubre este abrigo viejo y el par de guantes que me regalaste, pero no es suficiente. Tengo la esperanza de sentir tu calor cuando te sientes a mi lado pero si no vienes y me quedo aquí voy a morir de hipotermia. Todo desde aquí es ajeno, estático, tan rápido y tan lento a la vez y yo solo soy una espectadora. Siento que el tiempo ha frenado y que mi vida esta pausada mientras siga aquí esperándote.

Cuando me convenzo de que no vendrás y me animo a tomar el tren aparecen señales que me hablan de ti, me escribes una vez más para asegurarme que está bien si tomo el tren sin ti, pero que te alegra que aun siga sentada aquí a tu espera y entonces la esperanza vuelve y yo te espero una hora más.

Cierro los ojos por un momento, de repente todo se torna oscuro y solitario. Hay un tren parado justo en frente mío, no hay nadie corriendo para alcanzarlo ni nadie saliendo de él; la niebla espesa no me deja ver quien hay adentro y de repente detrás de mí en el interior de la estación escucho la puerta dorada abrirse, eres tú. Bajo la maleta de la banca y me paro para recibirte, ha pasado tanto tiempo que no sé qué hacer, solo me paralizo al lado del asiento mientras te veo entrar, caminas con paso firme y sin apartar la mirada del vagón del tren, siento que algo no anda bien. De repente pasas por mi lado sin saludarme, sin si quiera mirarme, creo que ni siquiera notaste mi presencia allí. Tú no vienes por mí, vienes por la persona que está dentro del vagón del tren, ese no es mi tren. Veo como sigues de largo mientras las puertas del vagón se abren y una sombra al interior te recibe, no veo con claridad. Las puertas se cierran y veo el tren marcharse contigo adentro, te veo partir sin mí. Me siento de nuevo, miro la maleta y con el alma hecha pedazos decido que se quede en el piso para dejar un espacio en la banca, junto a mi, para que alguien más se siente a esperar el siguiente tren y que quizás quiera compartir el asiento dentro del tren conmigo.

Me despierta de manera súbita el sonido que avisa que el próximo tren viene llegando, la estación de repente está llena de vida de nuevo y la luz del sol reemplaza la neblina, todo fue un sueño, pero cuando miro al lado me doy cuenta de que en efecto, mi maleta está en el piso y en su lugar hay alguien más, alguien que no eres tú. Llega el tren, miro los tiquetes que tengo en el bolsillo y me doy cuenta de que es el mío, pero ya no el nuestro. El sujeto que está al lado me sonríe, creo que también es su tren. Me paro, miro tu tiquete una vez más y lo suelto al viento, ya no lo necesitas y yo tampoco. Me subo al vagón del tren, tomo asiento y en el espacio que creí que era para ti toma asiento el mismo sujeto que me sonrió afuera. Creo que después de todo, sin saberlo, siempre le guarde un lugar a él y no a ti.