Le hablé a Dios de ti

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Anoche conversé con Dios. Le hablé de ti, le conté sobre lo mucho que te quiero, me dijo que ya lo sabía. Le deje explorar mi mente para que te viera como te veo yo; para que viera con sus propios ojos esos recuerdos que se pasean en mi mente a cada segundo, Él sonrió mientras yo lloré.

Hablamos del pasado, el presente y el futuro. Me dejó acomodar mi cabeza en su hombro mientras sobaba mi cabello y me explicaba con dulzura eso que la vida tantas veces me ha dicho y yo no he querido entender. Le pregunté si aquella historia del hilo rojo que unía dos almas era verdad, me contestó que ese tal hilo rojo se llamaba voluntad y entendí todo mejor, pero aun así dolió.

Le pregunté por ti, por tu camino, por lo que sientes, por lo que vives; le pregunté si me quisiste, si aún me querías, se me quedó viendo a los ojos mientras guardaba silencio, sentí miedo de su respuesta. Lo pensó un poco más y de dijo” ¿sentiste, en el fondo de tu ser, que te quería?” Pensé en lo bueno y en lo malo y le dije que a veces sí y a veces no, me dijo “Pues unas veces te quiso con más intensidad que otras, pero te quiso todo el tiempo” sentí alivio. Aclamé por la segunda respuesta, esta vez apartó la mirada y me explicó que el amor funciona distinto para todos, te acusé diciéndole lo poco que hiciste porque lo nuestro funcionara, luego me preguntó en un tono sentenciador ¿y tú has hecho algo por hacer que funcione? Quedé atónita, creo que nunca me detuve a pensarlo. Me explicó que el error de nosotros los seres humanos es que analizamos el amor desde nuestra zona de confort, a nuestra conveniencia, vemos lo que nos falta a nosotros, de si nos sentimos lo suficientemente amados pero no nos detenemos a pensar en si a la otra persona también le falta algo, o si también se siente amada. Me hizo entender como convertimos un sentimiento tan puro en algo tan terrenal y egoísta, en como confundimos el amor con el apego, como nos pasamos culpando al otro cuando a veces ni siquiera existe un culpable.

Hablamos por unas horas más, le pedí con insistencia que retirara de mi todo lo que siento por ti, que hiciera más fácil mi camino, se rió a carcajadas y me dijo que la vida no era un partido de ajedrez donde Él era el jugador y nosotros las fichas. Él nos deja decidir, pensar y actuar con libertad, nos deja aprender lo que vinimos a aprender y vivir lo que vinimos a vivir, “es tu decisión que hacer con lo que sientes, de modo que no busques la respuesta en mí, porque esta es en ti”. Después de todo entendí que no hay decisiones equivocadas, que siempre podemos cambiar de ruta cuando sintamos que no pertenecemos al lugar en donde estamos.

Finalmente miró la hora y se despidió, tenía amaneceres por pintar y estrellas por colocar, lo abracé, le agradecí y vi cómo se esfumaba por la ventana.

Anoche conversé con Dios, del amor, de la vida, de ti.

 

EL FIN DEL MUNDO

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Debo decir que este tema del fin del mundo hoy en día es más un tabú, una leyenda urbana, que cualquier otra cosa. Somos tan egocéntricos que creemos que el mundo se va acabar cuando la realidad, es que lo único que en estos momentos puede consumirse hasta desaparecer, es la humanidad. El planeta tierra seguirá girando sin nosotros y el universo seguirá su curso, tal cual sucedió cuando el tiempo de los dinosaurios llegó a su fin… mírennos, millones de años después y la tierra sigue girando.

Hablemos mejor del fin de una era. De una extraña y escalofriante era, tal vez no para nosotros pero si para este planeta.

¿Y a que va toda esta carreta? Bueno, yo rara vez sintonizo las noticias o leo un periódico y las pocas veces que lo he hecho durante estas últimas semanas, los titulares me dejan fría y con un sabor a desesperanza. Asesinos en serie; masacre en un bar Lgtb en Orlando; atentado en aeropuerto; hombres disparando en la calle dejando decenas de muertos; atentados al otro lado del mundo; policías asesinando a particulares; particulares asesinando policías; acciones racistas en USA; países acabándose entre sí en nombre de una religión; hombres matando a sus esposas; Mujeres matando a sus esposos; padres violando a sus hijas; hijos matando a sus padres… en fin, ni para qué seguir.

Nos pasamos temiéndole a la “furia de la naturaleza” a las promesas confusas de un libro sagrado escrito hace miles de años, a las predicciones de grupos indígenas, a las predicciones de personas con supuestos dones. Nos pasamos creando en nuestras cabezas un enemigo feroz que pronto acabara con todo y con todos, cuando la realidad es que los únicos realmente responsables del fin de esta era, somos nosotros, sus mismos protagonistas. No puedo imaginarme un ser mas toxico, nocivo y peligroso que el ser humano, por naturaleza eso somos. Somos nosotros los directores y protagonistas de esta nueva película del “fin del mundo”, estamos acabando con todo y con todos, y lo peor es que seguimos como si nada.

Hace algunos días me vi una película (muy buena por cierto) donde una madre le enseñaba a su hijo autista islamista que en el mundo solo existen dos clases de personas, las buenas y las malas… pues bueno, yo le creo. Todos estamos hechos de células, de huesos, de piel y de órganos compuestos por exactamente lo mismo, como humanidad somos idénticos, como personas no. Como personas Dios nos dio la libertad de ser. De ser auténticos, de ser diferentes, de ser únicos y sí, de ser buenos o malos. Y no es que todos hayamos elegidos ser malos, el problema es que son ellos quienes logran impactar más, quienes logran hacer eco. Hoy en día tiene más cabida en los noticieros las acciones de una persona mala que las de una buena. Y nosotros, bueno, Nosotros creemos que no ser malos nos hace buenos y no podríamos estar más equivocados. Estar en el medio, ser neutros, solo nos hace cómplices.

Me parece estar viviendo en medio de una película de terror, donde todo es posible. Donde las personas inocentes salen a calle sin saber a ciencia cierta si van a volver al terminar el día. Vivimos en un mundo lleno de odio, rencor, resentimiento, envidia, avaricia y sed de poder, donde todos están locos y no en el buen sentido. En un mundo donde importa más el color de piel y la raza que un buen corazón; nos adueñamos del mundo sin ser consientes de que somos nosotros quien pertenecemos a él, y no él a nosotros, que estamos aquí de paso y no por mucho tiempo. Es hora de dejar de ser cómplices, de creernos los dueños del mundo y el centro del universo. Físicamente hablando no somos nada, pero espiritual y mentalmente hablando, lo podemos ser todo, tan grandes como el mismo universo.

Me consuela saber que así como hay maldad también hay bondad, que hay pequeñas acciones que de verdad marcan la diferencia y que si bien una acción negativa daña el cuerpo, una acción positiva alivia el alma y el corazón. Tal vez no tengamos la capacidad para arreglar el mundo por nuestra cuenta, tal vez no podamos traer a la vida a aquellos que injustamente partieron, o devolverle a muchos aquello que les fue arrebatado; es imposible aliviar tanto dolor y remendar tanto daño por nosotros mismos, pero sí es posible quitarnos la venda abrir el corazón y brindarle una mano a quien lo necesite, hacer una buena acción al día, respetar al prójimo, al perrito del vecino o al de la calle, a nuestra madre naturaleza, porque para mí esa es la manera más honesta de respetarnos a nosotros mismos.

Respetemos la verdad del otro aunque no sea la nuestra, pongámonos en los zapatos de los demás antes de juzgar y señalar, pensemos antes de hablar, sintamos antes de pensar; hagamos de los sentimientos positivos el motor de nuestros días, sonriamos más; busquemos ser felices en vez de ser importantes, perdonemos, dejemos ir, amemos más, odiemos menos. Seamos los protagonistas de esta historia, no los antagonistas; tal vez el mundo se siga consumiendo a causa de unos pocos pero hagamos de los días que nos quedan un recordatorio de que la bondad y el amor dejan una huella más grande y más profunda que el impacto de una bala, y que hacen más ruido que la detonación de un explosivo.

La naturaleza es sabia, tal vez un día se rinda y decida acabar con esto antes de que lo hagamos nosotros para así volver a comenzar, no lo sabemos. En todo caso pisemos fuerte, dejemos huella, una buena huella y hagamos de este fin del mundo una película con el mejor contenido, de esas que te hacen creer en que la bondad existe aun en medio del desastre.