RETAZOS

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Estamos llenos de posibilidades, de sueños hechos y desechos, de besos reprimidos, de amores imposibles, de recuerdos con sabor a nostalgia, de rompecabezas incompletos, de miedos latentes.

Somos un cumulo de sin fin de sentimientos encontrados y no resueltos. Somos esa sonrisa que murió antes de nacer en nuestros labios,  ese beso que jamás dimos y ese ´te quiero´ que nos quemo el alma pero que nunca dijimos. Somos promesas incumplidas y esa vida que imaginamos junto a alguien que decidió partir, que ya no está; somos las lágrimas de quien herimos y  las que rodaron por nuestras mejillas en nombre de quien nos hirió. Somos lo que soñamos y lo que hacemos realidad. Somos la determinación de andar, de vivir.

Estamos hechos de pedazos rotos, de retazos. Venimos completos y nos desarmamos en el camino;  nos damos, nos entregamos por partes y cuando quedamos incompletos volvemos a crearnos con los trozos del pasado, de la experiencia, de quienes nos dieron todo y se fueron sin nada, de personas inciertas, de lo que ayer fue amor y hoy es olvido.

Somos una pieza imperfecta, abstracta, confusa. Lo somos todo sin serlo nada; todo al darnos completos y nada al quedar vacíos.

EL FIN DEL MUNDO

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Debo decir que este tema del fin del mundo hoy en día es más un tabú, una leyenda urbana, que cualquier otra cosa. Somos tan egocéntricos que creemos que el mundo se va acabar cuando la realidad, es que lo único que en estos momentos puede consumirse hasta desaparecer, es la humanidad. El planeta tierra seguirá girando sin nosotros y el universo seguirá su curso, tal cual sucedió cuando el tiempo de los dinosaurios llegó a su fin… mírennos, millones de años después y la tierra sigue girando.

Hablemos mejor del fin de una era. De una extraña y escalofriante era, tal vez no para nosotros pero si para este planeta.

¿Y a que va toda esta carreta? Bueno, yo rara vez sintonizo las noticias o leo un periódico y las pocas veces que lo he hecho durante estas últimas semanas, los titulares me dejan fría y con un sabor a desesperanza. Asesinos en serie; masacre en un bar Lgtb en Orlando; atentado en aeropuerto; hombres disparando en la calle dejando decenas de muertos; atentados al otro lado del mundo; policías asesinando a particulares; particulares asesinando policías; acciones racistas en USA; países acabándose entre sí en nombre de una religión; hombres matando a sus esposas; Mujeres matando a sus esposos; padres violando a sus hijas; hijos matando a sus padres… en fin, ni para qué seguir.

Nos pasamos temiéndole a la “furia de la naturaleza” a las promesas confusas de un libro sagrado escrito hace miles de años, a las predicciones de grupos indígenas, a las predicciones de personas con supuestos dones. Nos pasamos creando en nuestras cabezas un enemigo feroz que pronto acabara con todo y con todos, cuando la realidad es que los únicos realmente responsables del fin de esta era, somos nosotros, sus mismos protagonistas. No puedo imaginarme un ser mas toxico, nocivo y peligroso que el ser humano, por naturaleza eso somos. Somos nosotros los directores y protagonistas de esta nueva película del “fin del mundo”, estamos acabando con todo y con todos, y lo peor es que seguimos como si nada.

Hace algunos días me vi una película (muy buena por cierto) donde una madre le enseñaba a su hijo autista islamista que en el mundo solo existen dos clases de personas, las buenas y las malas… pues bueno, yo le creo. Todos estamos hechos de células, de huesos, de piel y de órganos compuestos por exactamente lo mismo, como humanidad somos idénticos, como personas no. Como personas Dios nos dio la libertad de ser. De ser auténticos, de ser diferentes, de ser únicos y sí, de ser buenos o malos. Y no es que todos hayamos elegidos ser malos, el problema es que son ellos quienes logran impactar más, quienes logran hacer eco. Hoy en día tiene más cabida en los noticieros las acciones de una persona mala que las de una buena. Y nosotros, bueno, Nosotros creemos que no ser malos nos hace buenos y no podríamos estar más equivocados. Estar en el medio, ser neutros, solo nos hace cómplices.

Me parece estar viviendo en medio de una película de terror, donde todo es posible. Donde las personas inocentes salen a calle sin saber a ciencia cierta si van a volver al terminar el día. Vivimos en un mundo lleno de odio, rencor, resentimiento, envidia, avaricia y sed de poder, donde todos están locos y no en el buen sentido. En un mundo donde importa más el color de piel y la raza que un buen corazón; nos adueñamos del mundo sin ser consientes de que somos nosotros quien pertenecemos a él, y no él a nosotros, que estamos aquí de paso y no por mucho tiempo. Es hora de dejar de ser cómplices, de creernos los dueños del mundo y el centro del universo. Físicamente hablando no somos nada, pero espiritual y mentalmente hablando, lo podemos ser todo, tan grandes como el mismo universo.

Me consuela saber que así como hay maldad también hay bondad, que hay pequeñas acciones que de verdad marcan la diferencia y que si bien una acción negativa daña el cuerpo, una acción positiva alivia el alma y el corazón. Tal vez no tengamos la capacidad para arreglar el mundo por nuestra cuenta, tal vez no podamos traer a la vida a aquellos que injustamente partieron, o devolverle a muchos aquello que les fue arrebatado; es imposible aliviar tanto dolor y remendar tanto daño por nosotros mismos, pero sí es posible quitarnos la venda abrir el corazón y brindarle una mano a quien lo necesite, hacer una buena acción al día, respetar al prójimo, al perrito del vecino o al de la calle, a nuestra madre naturaleza, porque para mí esa es la manera más honesta de respetarnos a nosotros mismos.

Respetemos la verdad del otro aunque no sea la nuestra, pongámonos en los zapatos de los demás antes de juzgar y señalar, pensemos antes de hablar, sintamos antes de pensar; hagamos de los sentimientos positivos el motor de nuestros días, sonriamos más; busquemos ser felices en vez de ser importantes, perdonemos, dejemos ir, amemos más, odiemos menos. Seamos los protagonistas de esta historia, no los antagonistas; tal vez el mundo se siga consumiendo a causa de unos pocos pero hagamos de los días que nos quedan un recordatorio de que la bondad y el amor dejan una huella más grande y más profunda que el impacto de una bala, y que hacen más ruido que la detonación de un explosivo.

La naturaleza es sabia, tal vez un día se rinda y decida acabar con esto antes de que lo hagamos nosotros para así volver a comenzar, no lo sabemos. En todo caso pisemos fuerte, dejemos huella, una buena huella y hagamos de este fin del mundo una película con el mejor contenido, de esas que te hacen creer en que la bondad existe aun en medio del desastre.