Mientras se oculta el sol

Bello atardecer en la playa

Heme aquí, observando al sol perderse entre el cielo teñido de naranja y el azul profundo del mar. No puedo dejar de pensar en ella, tantas cosas, tantos años, tanto camino recorrido para al final enterarnos de que no nos correspondía estar juntos, que solo fuimos una equivocación, un error en esto que llamamos destino. Me aferre con el alma a ella porque sabía bien que nuestro final sería este, pero nada perdía con soñar. Ella tan suya, tan libre, tan loca y liberal y yo tan perdido, tan estricto, tan necio, tan encerrado en mi diminuto mundo… tan ciego; tan ciego que no pude verla, que no supe apreciar esos hoyuelos que se forman en la comisura de sus labios cuando sonríe, o como cierra los ojos placenteramente mientras toma el primer sorbo de café en las mañanas. Me negué a ver esos pequeños detalles que la hacen tan ella, esos que sin darme cuenta me hicieron amarla. En cambio, solo tuve ojos para ver lo obvio, lo que parece importante en el momento pero que en realidad no lo es. Vi sus defectos, su debilidad, sus falencias y tropiezos y como si fuera poco lo utilice de excusa para no estar con ella ¡que tonto soy! Como si ese amor lleno de fuego proveniente de ella fuera de esos que se reemplaza por otro como si nada, no, no, no, esa clase de amor que una mujer como ella brinda, es de esos que solo pocos afortunados tienen el placer de recibir y que no pasa sino una sola vez en la vida. Tuve mi oportunidad y como todo en esta vida, tuvo su fin.
Pienso en ella como en este atardecer en la playa, un regalo de Dios, de la vida, que no me pertenece, que no controlo y que es efímero y al final solo queda cerrar los ojos, recordarlo y agradecer por tan magnífica obra de arte. Igual con ella.
Ya pasó un año desde que aquí en esta misma playa observando otro atardecer de tantos, le dije adiós. La había visto llorar tantas veces y muchas de ellas tan solo la ignoré o la reproché por hacerlo. Pero en aquel momento sentí cada lágrima como una puñalada en alma, sentía su dolor y me quemaba por dentro. Era yo quien quien la había citado allí y quien había pronunciado esas palabras que hoy quisiera nunca haber pronunciado, me sentía envalentonado, decidido e inmune a extrañarla. ¡Dios! Que equivocado estaba. El dolor en sus ojos era más ardiente que aquel sol que se perdía en el mar y cuando ya no quedaba nada de él y en su lugar la oscuridad cobraba vida me miro, me beso sutilmente en los labios y me dijo adiós, se paró y ya no volteó a verme más, solo la recuerdo marcharse obligando a sus pies a seguir el camino y no volver a mí. Ese recuerdo me acompaña desde entonces todas las noches al cerrar los ojos. Ella era única, era especial, ella me amaba y yo la había dejado ir.
Intenté encontrar el calor de su abrazo en otros brazos, lo intenté una y otra vez. Busqué su mirada profunda en otros ojos, sus besos intensos en otros labios, su amor en otro cuerpo y siempre fallé en el intento. Nada se le comparaba, siempre quedaba en mí un sinsabor lleno de dolor y desconsuelo. ¿Y ella? Bueno, aun sabiendo que merecía más, mucho más de lo que yo le daba, aun cuando habían hombres que deseaban amarla y ser para ella lo que ella fue para mí, prefería seguir sumergida en la soledad y atada a mi recuerdo; aun cuando yo le hacía espacio en mi cama y en mi vida a otras mujeres, ella me esperaba en silencio, me seguía amando y yo de necio hacia como si no lo supiera, como si no me importara. Hoy sé que no es nuestro destino estar juntos pero, ¿qué tan malo habría sido amarnos unas horas más?
El sol se pierde cada vez más detrás del mar, y como aquella vez hace un año, sé que se marchará cuando la noche haga su aparición. Quisiera pactar con el sol un trato en el que se detenga allí por un instante mientras yo la amo una eternidad. La miro y me sonríe, sigue siendo ella pero sin el dolor en sus ojos, sin la súplica tacita de que no deje de amarla. Es la misma niña llena de vida y luz que fue antes de mí, esa que me cautivo desde el primer instante en el que la vi sonreír y como sucedió aquella vez mi corazón es de ella, aunque bueno, nunca ha dejado de serlo.
Pero así como la vida me concedió a mí un amor tan puro y extraordinario a través de su ser, también se lo concedió a ella y no era para menos, se lo merece. Ella que jamás intentó buscarme en alguien más, quien espero con paciencia y le permitió al tiempo hacer de las suyas; ella que tejió sola sus heridas y buscó en si misma el consuelo a el dolor que yo le causé, ahora es amada y feliz. Veo en sus ojos ese brillo con el que me miraba antes, solo que más intenso; su sonrisa me dice sin piedad que su causa ya no soy yo y transpira un aire de tranquilidad y paz que anhelo encontrar. Sé que no la encontraré de nuevo ni en otro cuerpo, ni en otro tiempo, pero me conformo con dejar de lamentarme por lo que fue, por lo que dejé de hacer y aceptar un amor diferente y amar de vuelta.
El naranja rojizo que  teñía el cielo se torna cada vez más oscuro, nos quedamos en silencio durante un instante mientras nos dejamos arrullar por el sonido de las olas, de repente siento su mano sobre la mía “es hora” me dice. Nos paramos, la abrazo tan fuerte como ella a mí y deseo que el tiempo se pare, pero en cambio, siento como va aflojando sus brazos lentamente y el calor de su cuerpo se va alejando de mí, antes de soltarnos me susurra al oído “siempre serás mi gran amor”, se lo que eso significa, sé que seré ese amor que la marcó para bien y para mal, ese que recordará siempre pero significa también que no soy, ni seré el amor de su vida, ese que sobrepasa todos los niveles y que se queda para siempre, tal vez ese mismo que ya encontró en otro hombre y que quisiera ser yo. Nos miramos por última vez, me sonríe y antes de darse vuelta me dice con un aire de complicidad “hasta pronto” pero yo sé que en realidad esta será la última vez que la vea, al menos así de esta manera tan nuestra y sé que ella también lo sabe. Se aleja y esta vez sin obligar sus pasos, con determinación fluye con el viento mientras la pierdo de vista. La escena es casi la misma de hace un año, con la diferencia de que esta vez, las lágrimas ruedan sobre mis mejillas y no sobre las de ella.

 

RETAZOS

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Estamos llenos de posibilidades, de sueños hechos y desechos, de besos reprimidos, de amores imposibles, de recuerdos con sabor a nostalgia, de rompecabezas incompletos, de miedos latentes.

Somos un cumulo de sin fin de sentimientos encontrados y no resueltos. Somos esa sonrisa que murió antes de nacer en nuestros labios,  ese beso que jamás dimos y ese ´te quiero´ que nos quemo el alma pero que nunca dijimos. Somos promesas incumplidas y esa vida que imaginamos junto a alguien que decidió partir, que ya no está; somos las lágrimas de quien herimos y  las que rodaron por nuestras mejillas en nombre de quien nos hirió. Somos lo que soñamos y lo que hacemos realidad. Somos la determinación de andar, de vivir.

Estamos hechos de pedazos rotos, de retazos. Venimos completos y nos desarmamos en el camino;  nos damos, nos entregamos por partes y cuando quedamos incompletos volvemos a crearnos con los trozos del pasado, de la experiencia, de quienes nos dieron todo y se fueron sin nada, de personas inciertas, de lo que ayer fue amor y hoy es olvido.

Somos una pieza imperfecta, abstracta, confusa. Lo somos todo sin serlo nada; todo al darnos completos y nada al quedar vacíos.

Le hablé a Dios de ti

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Anoche conversé con Dios. Le hablé de ti, le conté sobre lo mucho que te quiero, me dijo que ya lo sabía. Le deje explorar mi mente para que te viera como te veo yo; para que viera con sus propios ojos esos recuerdos que se pasean en mi mente a cada segundo, Él sonrió mientras yo lloré.

Hablamos del pasado, el presente y el futuro. Me dejó acomodar mi cabeza en su hombro mientras sobaba mi cabello y me explicaba con dulzura eso que la vida tantas veces me ha dicho y yo no he querido entender. Le pregunté si aquella historia del hilo rojo que unía dos almas era verdad, me contestó que ese tal hilo rojo se llamaba voluntad y entendí todo mejor, pero aun así dolió.

Le pregunté por ti, por tu camino, por lo que sientes, por lo que vives; le pregunté si me quisiste, si aún me querías, se me quedó viendo a los ojos mientras guardaba silencio, sentí miedo de su respuesta. Lo pensó un poco más y de dijo” ¿sentiste, en el fondo de tu ser, que te quería?” Pensé en lo bueno y en lo malo y le dije que a veces sí y a veces no, me dijo “Pues unas veces te quiso con más intensidad que otras, pero te quiso todo el tiempo” sentí alivio. Aclamé por la segunda respuesta, esta vez apartó la mirada y me explicó que el amor funciona distinto para todos, te acusé diciéndole lo poco que hiciste porque lo nuestro funcionara, luego me preguntó en un tono sentenciador ¿y tú has hecho algo por hacer que funcione? Quedé atónita, creo que nunca me detuve a pensarlo. Me explicó que el error de nosotros los seres humanos es que analizamos el amor desde nuestra zona de confort, a nuestra conveniencia, vemos lo que nos falta a nosotros, de si nos sentimos lo suficientemente amados pero no nos detenemos a pensar en si a la otra persona también le falta algo, o si también se siente amada. Me hizo entender como convertimos un sentimiento tan puro en algo tan terrenal y egoísta, en como confundimos el amor con el apego, como nos pasamos culpando al otro cuando a veces ni siquiera existe un culpable.

Hablamos por unas horas más, le pedí con insistencia que retirara de mi todo lo que siento por ti, que hiciera más fácil mi camino, se rió a carcajadas y me dijo que la vida no era un partido de ajedrez donde Él era el jugador y nosotros las fichas. Él nos deja decidir, pensar y actuar con libertad, nos deja aprender lo que vinimos a aprender y vivir lo que vinimos a vivir, “es tu decisión que hacer con lo que sientes, de modo que no busques la respuesta en mí, porque esta es en ti”. Después de todo entendí que no hay decisiones equivocadas, que siempre podemos cambiar de ruta cuando sintamos que no pertenecemos al lugar en donde estamos.

Finalmente miró la hora y se despidió, tenía amaneceres por pintar y estrellas por colocar, lo abracé, le agradecí y vi cómo se esfumaba por la ventana.

Anoche conversé con Dios, del amor, de la vida, de ti.

 

EN LA VIEJA BANCA DE UNA ESTACIÓN DE TREN

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Sigo sentada en esta banca solitaria de la estación de tren donde alguna vez te vi partir, estoy aquí con mi equipaje sobre la banca guardándote un espacio junto a mí. Tengo en mi bolsillo dos tiquetes de tren y en mis ojos la esperanza de verte llegar por la puerta dorada de aquella fría estación, siento que llevo aquí sentada horas, días, meses, incluso años. Tantos trenes han parado y emprendido la marcha, tantas personas que han ido y venido, tantas cosas que tan solo dejé pasar, que vi de lejos mientras te esperaba, tantos viajes a lugares desconocidos que perdí, y tantas conversaciones con compañeros de vagón que nunca sucedieron y que no sucederán mientras siga aquí en esta banca maltrecha esperando por ti. Me has escrito decenas de mensajes diciéndome que ya  vienes en camino; que te detuviste a conversar con una extraña; que mejor ya no vienes; que cambiaste de opinión y que mejor si te espere; que llegarás pero no sabes cuándo; que es mejor que me vaya sola; que no me mueva porque aun esperas llegar; que me vaya sola y luego me alcanzas; que no deje este asiento y yo solo me quedo aquí quieta porque vivo con el temor de que llegues y yo no esté.

¿Hace frío, sabes? Solo me cubre este abrigo viejo y el par de guantes que me regalaste, pero no es suficiente. Tengo la esperanza de sentir tu calor cuando te sientes a mi lado pero si no vienes y me quedo aquí voy a morir de hipotermia. Todo desde aquí es ajeno, estático, tan rápido y tan lento a la vez y yo solo soy una espectadora. Siento que el tiempo ha frenado y que mi vida esta pausada mientras siga aquí esperándote.

Cuando me convenzo de que no vendrás y me animo a tomar el tren aparecen señales que me hablan de ti, me escribes una vez más para asegurarme que está bien si tomo el tren sin ti, pero que te alegra que aun siga sentada aquí a tu espera y entonces la esperanza vuelve y yo te espero una hora más.

Cierro los ojos por un momento, de repente todo se torna oscuro y solitario. Hay un tren parado justo en frente mío, no hay nadie corriendo para alcanzarlo ni nadie saliendo de él; la niebla espesa no me deja ver quien hay adentro y de repente detrás de mí en el interior de la estación escucho la puerta dorada abrirse, eres tú. Bajo la maleta de la banca y me paro para recibirte, ha pasado tanto tiempo que no sé qué hacer, solo me paralizo al lado del asiento mientras te veo entrar, caminas con paso firme y sin apartar la mirada del vagón del tren, siento que algo no anda bien. De repente pasas por mi lado sin saludarme, sin si quiera mirarme, creo que ni siquiera notaste mi presencia allí. Tú no vienes por mí, vienes por la persona que está dentro del vagón del tren, ese no es mi tren. Veo como sigues de largo mientras las puertas del vagón se abren y una sombra al interior te recibe, no veo con claridad. Las puertas se cierran y veo el tren marcharse contigo adentro, te veo partir sin mí. Me siento de nuevo, miro la maleta y con el alma hecha pedazos decido que se quede en el piso para dejar un espacio en la banca, junto a mi, para que alguien más se siente a esperar el siguiente tren y que quizás quiera compartir el asiento dentro del tren conmigo.

Me despierta de manera súbita el sonido que avisa que el próximo tren viene llegando, la estación de repente está llena de vida de nuevo y la luz del sol reemplaza la neblina, todo fue un sueño, pero cuando miro al lado me doy cuenta de que en efecto, mi maleta está en el piso y en su lugar hay alguien más, alguien que no eres tú. Llega el tren, miro los tiquetes que tengo en el bolsillo y me doy cuenta de que es el mío, pero ya no el nuestro. El sujeto que está al lado me sonríe, creo que también es su tren. Me paro, miro tu tiquete una vez más y lo suelto al viento, ya no lo necesitas y yo tampoco. Me subo al vagón del tren, tomo asiento y en el espacio que creí que era para ti toma asiento el mismo sujeto que me sonrió afuera. Creo que después de todo, sin saberlo, siempre le guarde un lugar a él y no a ti.

Para ti

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Es la segunda carta que te escribo, solo que para esta vez soy más consciente de que eres real, que estas en algún lugar del mundo y que nuestro encuentro es inevitable.

Tal vez las demás personas no lo entienden o me llamen ilusa, pero yo creo en esto, creo en dos almas que vienen buscándose desde vidas pasadas, unidas por un vínculo que trasciende el tiempo y el espacio, yo creo en lo mágico del universo, el destino y la vida.

No te buscaré, con paciencia comprendí que el universo trazará los caminos y moverá los hilos para llevarnos a ese punto donde todo comenzará, en el cual nuestros caminos se vuelven uno solo. No te mentiré, sueño con eso, porque desde ya te extraño, desde ya te anhelo.

No, no se trata del capricho de una mujer por tener un novio o una compañía, mucho menos se trata del afán por vivir un cliché. A mi corazón no lo mueve la idea de tener una pareja, o de enamorarme de alguien, a él lo mueves tú, mis ganas de entrelazar mi mano con la tuya y ver como encajan perfectamente y caminar a tu lado con la certeza de que no hay nadie más en el mundo para mí que tú. Sé que no sucederá aun y está bien, esperare el tiempo que sea necesario porque sé que vale la pena más que nada en el mundo. Mientras tanto iré aprendiendo de las lecciones que la vida me pondrá antes de tu llegada, esas que me moldearan para encajar contigo. Talvez me enamoraré de alguien más, aprenderé esas cosas del amor que harán a mi corazón el lugar perfecto para tu estancia en él, y al final como ha pasado hasta ahora, soltaré, dejaré ir y seguiré dando pasos que sin saberlo acortarán la distancia entre tú y yo.

Me motivas a crecer en todos los planos, me haces querer ser mejor persona, aquella que merezca el amor que tienes para dar. Quiero que me mires con la certeza de que estás en tu hogar, que perteneces a mi abrazo y que es allí donde quieres permanecer.

Confió en la nobleza de tu corazón, en tu sencillez, tu generosidad y consideración con los demás, en la madurez con la que observas el mundo y ese sentido del humor con el que llenas de alegría tu entorno, porque sé que ya nos conocemos, que hemos coincidido desde siempre y que también soy todo lo que anhelas.

Que Dios bendiga nuestros pasos y todo aquello que propicie nuestro encuentro.

CARTA A UN AUSENTE

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No sé cuántas cartas te he escrito hasta el momento, son las mismas que reposan en el baúl de mi armario y es que a pesar de ser tú el remitente, es allí donde pertenecen. Después de tanto tiempo el ritmo de mis días retoma su curso, ya vuelvo a distinguir los días de las noches y una hora vuelve a ser de 60 minutos y no una eternidad.

Sabía que no me iba a morir a causa de tu ausencia, ahora me parece lógico, pero al segundo en que te vi partir todo parecía posible. Ese agujero negro que se abrió paso en mi pecho, esa sensación de estar cayendo al vacío irremediablemente,  de andar inerte, de andar sin alma y con el corazón en la mano desmoronándose poco a poco, era lo más parecido a la muerte. Pero yo seguía vivía, como quien despierta en medio de una cirugía a corazón abierto y siente cada punzada, cada corte, el dolor insoportable y la falta de aire; sin fuerza suficiente para levantarse, para llorar, para gritar o pedir ayuda; no es la muerte, pero ¿acaso a ese lapso intermedio se le puede llamar vida?

Ya dejé de buscar por doquier la respuesta a tu partida, ya dejé de culparme a mí y de culparte a ti, ya no pienso en tu regreso como algo posible, la razón y la cordura están de nuevo en su sitio. Escribirte y hablarte; gritarte e insultarte, aun cuando no puedes leerme ni escucharme han sido mi terapia, mi liberación. Vives en cada recuerdo, en cada rincón donde solíamos reír, en cada calle que caminamos juntos, en el café donde me sonreíste por primera vez; aun mi cama conserva tu forma y el armario tu olor; te escucho constantemente en el eco de mi habitación y tu risa estridente retumba por toda la casa, pero ya no me duele, ya no peleo contra ello, sé que es allí donde vivirás para mí por siempre y no está en mis manos sacarte. Cuando amas a una persona y le dejas entrar, le estas regalando una parte de ti, una parte que jamás volverá a ser tuya, que está fuera de tu alcance y es allí donde habitará mientras le sigas amando.

He vuelto a sonreír, tengo nuevos motivos para levantarme cada mañana, volví a soñar y la esperanza ha vuelto a nacer en mí, me siento viva aunque no completa. Sé que te haría feliz saberlo.

Cuando te pienso, me gusta imaginar que eres feliz, que estas en ese lugar en el que tanto deseabas estar, tomando una copa de vino mientras lees tu libro favorito; o caminando con tu amplia sonrisa por una calle en parís bajo un cielo naranja y violeta al atardecer; me gusta pensarte tranquilo, pleno y amado, tal vez más amado que cuando estabas conmigo, aunque sin querer ser engreída, no sé si algo así sea posible.

Para mi estás en cualquier lugar posible e inimaginable, donde sea, menos aquí bajo esta tumba fría y desolada. Aquí solo yacen huesos y carne, aquí solo yace tu embestidura. La persona que yo solía amar, que aún sigo amando con cada partícula, está fuera de este lugar. Esta bailando torpemente una pieza de vals en un gran salón, está riendo a carcajadas en un teatro de cine, está sentada en lo alto de la ciudad contemplando una puesta de sol, está caminando descalza en la playa más afrodisíaca, está llenando de luz cada calle por la que transita, está allí, en aquel viejo sillón esperando mi llegada para tomarme de la mano y seguir amándome por toda la eternidad.